Cómo aprender a vivir con miedo

¡Supera tus miedos! ¡Aprender a vivir sin miedo! ¿Te suena esto?

Este es el mensaje popular que nos lanzamos los unos a los otros todo el rato. Este es el razonamiento de la calle. Huir del miedo, de todo lo negativo, de todo lo que suscite en nosotros un mínimo disconfort. En esta era de cambios exponenciales y brutales los miedos van a aparecer.  Y a nuestro cerebro no le gusta el cambio. Mucho menos los cambios drásticos que nos ponen en un compromiso. Así que el mensaje más sencillo a lanzar es: Aléjate de tus miedos, supera tu miedo, tu puedes.  

Pues yo te invito hoy a que abandones la lucha. Reflexionemos juntos:

¿Cuántas de las veces que has sentido miedo has dejado de tenerlo porque alguien te haya dicho no tengas miedo?

Es delirante. Y desde la Psicología sabemos y conocemos que cualquier intento de huída (de evitación) refuerza, aún más, los argumentos para alimentar tus miedos.

Rompamos desde hoy con este lastre que tanto ha trascendido del “Tú puedes con todo” y que llena miles de memes y de fotitos chulas de instagram (a las que yo le he dado un corazoncito seguro en algún momento de mi vida. A todos nos gustaría pensar que las cosas no suceden por el mero hecho de desear con fuerza que no sucedan. Pero ya sabemos que esto no va asi) No es tan fácil y, sobre todo, no se trata de pegar patadas a nuestros miedos en un intento absurdo de creernos que superman y superwoman existen.

Vivir con miedo es bueno

Vivir con miedo es bueno. Estamos vivos gracias a él. Dejar de vivir por miedo no es tan bueno. ¿Vas viendo la diferencia?

Es imposible renunciar al miedo porque forma parte de nosotros mismos. Porque el miedo eres tú. También esa parte más oscura y negra eres tú.

Tiene que aparecer y tenemos que dejarle su espacio porque nos ayuda a reflexionar, a valorar la importancia de aquello a lo que nos enfrentamos. Las sensaciones que produce en nuestro cuerpo son desagradables y como ocasionan una señal de activación en nuestro cerebro de que algo va ir mal, anula nuestra razón para pasar a la acción directamente y hacer dos cosas: escapar despavoridos y/o evitar de forma recurrente. Luego tu mismo te encargas de elaborar justificaciones (excusas) para explicar tu comportamiento y ya está todo el circo montado.

Vamos con un ejemplo que así se ve más claro. Uno que he vivido en carnes y que escucho de forma muy repetida en procesos de desarrollos profesional:

Hecho: Te llaman para dar una conferencia sobre una temática que tu dominas.

Miedo parlachin: ¿tú? No, no, no. Tú no vales para eso. ¿Delante de tanta gente? Vamos, ni de broma. Nos moriremos, sufriremos un ataque al corazón. Puedes ser cuestionado, te pueden juzgar y poner en entredicho. Además ¿quién eres tú para hablarle a nadie? Di que no, dí que no (sonido de alarmas nucleares en bucle) Dí que no.

Tú: No. No no, ni de broma. Yo no sé hablar en público. Además, es que no me gusta. Yo donde me siento cómodo es en el tú a tú. Que lo haga mejor… (y aquí le pasa el “marrón” a Fulanito Sin-Miedo-De-Turno.

Hecho: Miedo: 1 – Tú: 0

Ante un estímulo extraño y desconocido (si ya lo conocemos y ya lo hemos experimentado no produce tanto miedo) que nos hace tambalear, la respuesta lógica y adaptativa es: ¡huye, cobarde!

Entre la emoción y la acción

Pero por el medio tu puedes (y debes) hacer cosas. Entre la emoción y la acción automática e involuntaria está todo un universo de posibilidad. Algunos lo llaman desarrollo personal. Como quiera que sea, si queremos avanzar en tu desarrollo profesional necesitamos sí o sí romper la secuencia automática que nos lleva de la emoción a la acción sin pasar por tu cabecita pensante.

Esta es la magia de aprender a no estar dominados y determinados por nuestras emociones.

Le escribo cartas a mis miedos

Así que hoy te voy a contar mi secreto: Le escribo cartas a mis miedos.

Cuando estoy tranquilita, en mi casa, en un día de lluvia como el de hoy, me siento y desde un punto de vista racional (con la cabeza) analizo fríamente mis miedos. Y estudio con detenimiento hasta qué punto tiene razón esa voz interior que me grita “estás como una auténtica regadera” o en qué medida esa voz es sólo fruto de un miedo absurdo a proteger mi ego.

Os adelanto para que sigáis leyendo con más ahínco el post que el 99.9% de las ocasiones mi vocecita del miedo es una flipada de categoría. Ni soy tan importante ni ninguna de las acciones a las que les voy a decir que sí van a poner en jaque el orden mundial.

¿Qué te propongo?

Pensar en frío.

No cuando te embriaga la emoción. En frío. Cuando estás sereno. Desde la razón. ¿Sabes lo que hago yo? Pienso en ese miedo y en esa situación como si fuera de otra persona. Es la mejor forma de tomar distancia y de analizarlo con la asepsia necesaria.

Saca al miedo de tu cabeza: dale forma real.

Escríbelo, dibújalo. En última instancia, también me vale con que lo hables. Pero creéme que nada te hará tanto bien como escribirlo.

Mi querida valiente Ana Reyes, compartía en sus brillantes historias de instragram esta cita y no puedo estar más de acuerdo en el poder de escribir a mano:

El acto de escribir a mano lleva a nuestra mente al momento presente como ninguna otra cosa a nivel neurológico.

Haz la prueba.

Míralo de frente.

¿Es para tanto? Seguro que una vez fuera empieza a perder fuerza. Se diluye. Es como esos sueños que por la noche asustan tanto y por la mañana te das cuenta de lo absurdos que eran.

Descomponlo,  míralo desde todos los lados. Eres tú, es parte de ti. Es parte del camino que te queda por recorrer. No huyas de él, no lo rechaces. Mira a ver por qué está ahí. A ver qué te quiere decir. Pero no lo contemples mucho, pasa rápido al siguiente paso.

Dale contraargumentos.

Él, tu miedo, te habla desde la emoción, desde el estado de emergencia, desde el pánico al fracaso y a la pérdida de la estabilidad que tanto necesita nuestro cerebro. Ahora te toca a ti hablarte desde la razón. Desde el lenguaje usado en tu beneficio. Aquí es donde tenemos el margen de maniobra y la única posibilidad de gestión e intervención. Con las emociones no hay nada que hacer, están ahí y están muy bien.  Son adaptativas, útiles y necesarias (e inherentes al hecho de estar vivos)

Pero si no queremos vivir gobernados por ellas, debemos identificar y modificar la forma en la que nos hablamos para tratar de poner orden entre tanto ¡sálvese quién pueda!

Así que dale contraargumentos a tus miedos. Te doy pistas, para que vayas empezando a vivir con miedo:

  • Hazles un revival de éxitos pasados en los que te enfrentaste a retos similares en los que no se cayó el mundo.
  • Háblale a tu miedo de probabilidades. Desde un punto de vista racional la posibilidad de fallecer en un vuelo es bastante menor que la de hacerlo en mi querido Copito (mi coche) Entonces ¿para qué sufrir por anticipado cada vez que me meto en bicharraco de esos? L
  • Llévalo contigo: no renuncies a tener miedo, llévatelo contigo. “Tengo miedo porque me importa las personas que están delante y porque no me he enfrentado el número de veces necesario. Me haces falta para mantenerme alerta y prestar toda mi atención. Sé que me costará un esfuerzo y que durante un rato no lo voy a pasar bien, pero la sensación cuando lo haya hecho será maravillosa y no voy a dejar de vivirlo”. Que le quede claro que no quieres renunciar a él. Es tu aliado y muchas veces te va bien que esté. Lo llevas, te expones y triunfas. La exposición es el único antídoto infalible contra el miedo.

Reconciliate con tus miedos

Es la única forma posible de aprender a vivir con miedo. De aprender a vivir con miedo bien. De forma funcional y adaptativa. Esos miedos que te paralizan forman parte de ti. Son parte de tu plan de acción de mejorar personal, son el espejo más certero del autofeedback que te puedes dar. Si eso que quieres hacer está relacionado con tu desarrollo profesional, sabes que te hace bien pero te da miedo, explora que por ahí que vas bien.

Actúa con tu miedo cogido de la mano.

¿Cuando aprendiste a conducir te daba miedo? Probablemente sí. Mira, hay un stop en mi pueblo (en la subida de El Caleyu para más señas) dónde el coche te queda en una gran pendiente y en el que a fecha de hoy me recorre un escalofrío de lo canutas que yo las pasaba ahí cuando me saqué el carnet. Fruto de la exposición, de hacerlo muchas muchas veces, en otras circunstancias más adversas,  ha hecho que el miedo se vaya haciendo más pequeño.

Pues bien, de eso se trata, de aprender a vivir con miedo. El miedo está ahí. Y es necesario que esté. Si llevo demasiado tacón aún tiro de freno de mano en ese stop para que no se me vaya para atrás (con Copito ya no que es muy listo y tiene freno de esos que no se va, tú ya me entiendes) Identificar, reconocer y reconciliarnos con nuestro miedo. Y después… Acción, acción y más acción. Búscate las acciones, al principio vete acompañada o enfréntate con moderación, pero no hay excusas.

Malgastar tu energía y tu tiempo en esperar a que se pase tu miedo es absurdo e improductivo. Jamás se va a ir. Cumple una función y tú tienes que encargarte de no darle todo el protagonismo a él.

Actúa con miedo. Actúa una y otra vez. Repítelo como un mantra. Yo: 1 – Mi miedo: 0. Punto a punto de partido, como Nadal. Pasito a pasito, actúa con tu miedo cada vez más pequeño, más domesticado, más racional, en definitiva. Y tú, tu más libre, con mayor capacidad de maniobra y celebrando partidos. Así te quiero. Así te quieres. Así obtendrás tus resultados.

Dí sí, aún muerto de miedo.

Rompe esa cadena automática de la que antes hablábamos con la acción. Di sí. Recuerda que ya has reflexionado. Ya sabes qué cosas quieres (y debes) hacer aún lleno de miedo. Así que cuando aparezcan, que no te pillen desprevenido.

Tú dices que sí y luego te mueres de miedo. Y echas pestes contra la buena hora en la que dijiste que sí y en la que leíste este post. Es más, tienes permiso para echar pestes contra mí ¿Por qué sabes qué? Yo estaré esperándote con una sonrisa increíble en la boca viendo tu vuelta triunfante, tus ojos brillantes y celebraremos juntos esto: Miedo: 0 – Tú: 1.  Y que me digas, al final era mucho más fácil de lo que pensaba, sólo había que aprender a vivir con miedo.

 

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